
jueves, 13 de noviembre de 2008
Los dos años de Vela al Viento, en Bartolomeo
Lecturas en Bartolomeo recibió a Vela al Viento con calidez, respeto y una buena cantidad de público.
La idea era festejar los dos años de la editorial con algunos de los autores publicados y, como todo cumpleaños, una excelente excusa para juntarnos y reafirmar los lazos que los libros, la poesía y el afecto crearon a partir de una tarea compartida.
Y así fue. La calidez de Daniel Grad (como siempre) hizo de la noche un lugar donde anidaron los abrazos. La poeta Corina Moscovich –que para estar se vino desde Rosario como la buena amiga que es- abrió las lecturas con su poesía irreverente y profunda, tanto poemas de Vía Remington como algunos inéditos. También nos acercó la buena nueva de una antología rosarina de gran nivel como lo es 19 de fondo, en donde se destacan –además de Corina- Beatriz Vignoli, Alicia Salinas, Fabricio Simeoni, Pablo Crash Solomonoff, Mercedes Gómez de la Cruz, María Paula Alzugaray, Fernando Marquínez y Federico Tinivella, entre otros.
Festejamos con la narrativa de Mercedes Sáenz en esa noche inolvidable. Mercedes brilló con sus cuentos No potrillo pampa, Decir cómo decir que, y Si viera Usté, todos pertenecientes al libro que editamos, filos de lata. El clima en Bartolomeo era el ideal para escuchar los cuentos: la penumbra, el silencio, las velas danzando sobre las mesas de madera y los ojos de los oyentes presos de las imágenes y escenas de cada uno de ellos.
La poesía de Nilda Barba nos acarició. Los poemas elegidos fueron precisos, bellísimos, profundos, “filopoesía” como alguien los calificara hace muy poquito tiempo. La fibra íntima volvió a vibrar allí y la emoción y la alegría de reencontrarnos con la poesía de ¿por qué me gusta tanto?, ese maravilloso libro-arte del que tanto nos enorgullecemos de haber editado con Vela al Viento.
Yo también. Rubén Gómez, el poeta, también leyó. Leí mis poemas que también voy a editar con Vela, por supuesto.
Y el poeta y editor Renato Sandoval también sumó su voz, tan peruana, tan singular, a una noche fantástica. Poemas que refieren a definiciones de Dios, como si esto fuera posible, como si la definición de Dios fuera posible, como si la poesía pudiera.
Y entonces hablamos de palabras y poesía, de poetas y de libros. Y Daniel Grad tuvo la excelente idea de también hacer partícipes de la celebración a dos poetas editadas por Vela al Viento: Isabel Krisch (con dos poemas leídos por Corina y Mercedes de su libro Apenas una línea, roja) y Viviana Santamarina (con dos poemas leídos por Nilda Barba y Rubén Gómez, de su libro Lágrima demorada).
Y así fue. La calidez de Daniel Grad (como siempre) hizo de la noche un lugar donde anidaron los abrazos. La poeta Corina Moscovich –que para estar se vino desde Rosario como la buena amiga que es- abrió las lecturas con su poesía irreverente y profunda, tanto poemas de Vía Remington como algunos inéditos. También nos acercó la buena nueva de una antología rosarina de gran nivel como lo es 19 de fondo, en donde se destacan –además de Corina- Beatriz Vignoli, Alicia Salinas, Fabricio Simeoni, Pablo Crash Solomonoff, Mercedes Gómez de la Cruz, María Paula Alzugaray, Fernando Marquínez y Federico Tinivella, entre otros.
Festejamos con la narrativa de Mercedes Sáenz en esa noche inolvidable. Mercedes brilló con sus cuentos No potrillo pampa, Decir cómo decir que, y Si viera Usté, todos pertenecientes al libro que editamos, filos de lata. El clima en Bartolomeo era el ideal para escuchar los cuentos: la penumbra, el silencio, las velas danzando sobre las mesas de madera y los ojos de los oyentes presos de las imágenes y escenas de cada uno de ellos.
La poesía de Nilda Barba nos acarició. Los poemas elegidos fueron precisos, bellísimos, profundos, “filopoesía” como alguien los calificara hace muy poquito tiempo. La fibra íntima volvió a vibrar allí y la emoción y la alegría de reencontrarnos con la poesía de ¿por qué me gusta tanto?, ese maravilloso libro-arte del que tanto nos enorgullecemos de haber editado con Vela al Viento.
Yo también. Rubén Gómez, el poeta, también leyó. Leí mis poemas que también voy a editar con Vela, por supuesto.
Y el poeta y editor Renato Sandoval también sumó su voz, tan peruana, tan singular, a una noche fantástica. Poemas que refieren a definiciones de Dios, como si esto fuera posible, como si la definición de Dios fuera posible, como si la poesía pudiera.
Y entonces hablamos de palabras y poesía, de poetas y de libros. Y Daniel Grad tuvo la excelente idea de también hacer partícipes de la celebración a dos poetas editadas por Vela al Viento: Isabel Krisch (con dos poemas leídos por Corina y Mercedes de su libro Apenas una línea, roja) y Viviana Santamarina (con dos poemas leídos por Nilda Barba y Rubén Gómez, de su libro Lágrima demorada).
Los amigos de siempre y los nuevos, los que a partir de esa noche ya son amigos, los que siempre apostaron al proyecto editorial, los que no creían en él pero también apoyaron, todos desfilaron esa noche, in situ o en algún recuerdo que la memoria con sus artimañas suele gatillar sin que podamos evitarlo.
Para resumirlo: fue un feliz cumpleaños.
Para resumirlo: fue un feliz cumpleaños.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Lecturas en Bartolomeo
y
Vela al Viento Ediciones Patagónicas
presentan a:
NILDA BARBA
MERCEDES SÁENZ
CORINA MOSCOVICH (desde Rosario)
RUBÉN EDUARDO GÓMEZ (desde Comodoro Rivadavia)
la lectura forma parte de los festejos por el Segundo Aniversario de la Editorial
nacida en Comodoro Rivadavia (Chubut)
y del ciclo conducido por el poeta Daniel Grad,
Lecturas en Bartolomeo,
que contará con la lectura del poeta y editor peruano
RENATO SANDOVAL
Los esperamos el día
LUNES 10 DE NOVIEMBRE DE 2008
a las 20:00 horas
en el Bar Bartolomeo
Bartolomé Mitre Nº 1525
Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Agradeceremos su presencia
y difusión.
y
Vela al Viento Ediciones Patagónicas
presentan a:
NILDA BARBA
MERCEDES SÁENZ
CORINA MOSCOVICH (desde Rosario)
RUBÉN EDUARDO GÓMEZ (desde Comodoro Rivadavia)
la lectura forma parte de los festejos por el Segundo Aniversario de la Editorial
nacida en Comodoro Rivadavia (Chubut)
y del ciclo conducido por el poeta Daniel Grad,
Lecturas en Bartolomeo,
que contará con la lectura del poeta y editor peruano
RENATO SANDOVAL
Los esperamos el día
LUNES 10 DE NOVIEMBRE DE 2008
a las 20:00 horas
en el Bar Bartolomeo
Bartolomé Mitre Nº 1525
Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Agradeceremos su presencia
y difusión.
lunes, 3 de noviembre de 2008
José Luís Mangieri: editor y poeta
por Miguel Mazzeo
José Luís Mangieri tal vez haya sido el emblema del editor de izquierda en nuestro país. Un “agitador cultural” que conservó inalterada la estirpe de los macizos artesanos y que tuvo la virtud de construirse rincones soberanos para conservar todos los sueños de justicia y desmesura, jamás concebidos -al modo de los pusilánimes- como el inicio de una tragedia. José Luís también creía que no necesariamente toda certidumbre es una desolación condenada a ser llamada malentendido en el futuro. Por eso era un poco Fausto (ágil de sueños), un poco mago (de corazón espacioso) un poco tótem (con todos, entre todos).
José Luís además de editor era poeta en el sentido más abarcador del término. Los 15 poemas y un títere de 1963 y los Poemas del amor y la guerra de 2004, son sólo la porción escrita de su poesía. En realidad toda su obra de editor y de militante puede ser concebida como el fruto de su espíritu poético. Ese espíritu poético era el fundamento de su amor por las verdades desnudas de artificios, de su coherencia, de su humor, de su generosidad y de su desprecio por los burócratas de todas las especies. Por cierto, a través de ellos, José Luís canalizaba su repudio a la normalidad aplastante y a los sujetos que por algún formato de “seguridad” (material, política, etc.) aceptaban convertirse en tiesos accesorios al servicio de alguna objetividad. Evidentemente desentonaba en el ámbito político y no encajaba en el ámbito editorial (el visible, oficial, institucional y comercial).
José Luís logró articular en diferentes campos la épica y la lírica, el gatillo con la luna. Y si bien el sentido de lo épico, de lo lírico, del gatillo y de la luna, se modificó históricamente, él nunca perdió la brújula. Lejos del mito elitista, siempre decía que los libros no cambiaban al mundo, pero que había libros que lo cambiaban más que otros. Por eso, desde La Rosa Blindada (y de algún modo también desde Ediciones Caldén y los Libros de Tierra Firme), asumió con modestia una tarea que sabía necesaria pero irremediablemente parcial. Conservó esa certeza aún en las épocas de derrota en las que el vacío parecía amarrarse en el centro de las perspectivas, cuando mirarnos ya no servía para alimentarnos las palabras, los códigos, los sueños de justicia. A pesar de todo, esa derrota nunca lo apabulló, nunca lo dejó seco de palabras. Sabía bien que la cultura sin conflictos (conflictos sustanciales y no los conflictos de segundo orden que instituyen los intelectuales institucionalizados) se muere de hambre en un mundo gastado.
Además de las revistas y libros que publicó a la largo de su vida, que podrán servir como raíz y acicate, o bien tener un destino más gris de íconos históricos, quedará para siempre, para quienes quieran retomarlo, su ejemplo de editor – militante que convirtió las revistas y los libros en trincheras, que supo desarrollar una praxis contrapuesta a la lógica mercantil, la alienación y la succión de plusvalía ideológica. Una praxis que ya han retomado cientos de emprendimientos editoriales autogestionarios que se conciben como partes de construcciones sociales y políticas integrales y que reivindican horizontes de transformación radical de la sociedad. En esos fuegos, como ceniza encabritada a la espera de lo nuevo, vivirá para siempre José Luís.
A mí, además, me acompañará para siempre su mirada cálida e inapelable vislumbrada en el vértigo de alguna ginebra.
José Luís además de editor era poeta en el sentido más abarcador del término. Los 15 poemas y un títere de 1963 y los Poemas del amor y la guerra de 2004, son sólo la porción escrita de su poesía. En realidad toda su obra de editor y de militante puede ser concebida como el fruto de su espíritu poético. Ese espíritu poético era el fundamento de su amor por las verdades desnudas de artificios, de su coherencia, de su humor, de su generosidad y de su desprecio por los burócratas de todas las especies. Por cierto, a través de ellos, José Luís canalizaba su repudio a la normalidad aplastante y a los sujetos que por algún formato de “seguridad” (material, política, etc.) aceptaban convertirse en tiesos accesorios al servicio de alguna objetividad. Evidentemente desentonaba en el ámbito político y no encajaba en el ámbito editorial (el visible, oficial, institucional y comercial).
José Luís logró articular en diferentes campos la épica y la lírica, el gatillo con la luna. Y si bien el sentido de lo épico, de lo lírico, del gatillo y de la luna, se modificó históricamente, él nunca perdió la brújula. Lejos del mito elitista, siempre decía que los libros no cambiaban al mundo, pero que había libros que lo cambiaban más que otros. Por eso, desde La Rosa Blindada (y de algún modo también desde Ediciones Caldén y los Libros de Tierra Firme), asumió con modestia una tarea que sabía necesaria pero irremediablemente parcial. Conservó esa certeza aún en las épocas de derrota en las que el vacío parecía amarrarse en el centro de las perspectivas, cuando mirarnos ya no servía para alimentarnos las palabras, los códigos, los sueños de justicia. A pesar de todo, esa derrota nunca lo apabulló, nunca lo dejó seco de palabras. Sabía bien que la cultura sin conflictos (conflictos sustanciales y no los conflictos de segundo orden que instituyen los intelectuales institucionalizados) se muere de hambre en un mundo gastado.
Además de las revistas y libros que publicó a la largo de su vida, que podrán servir como raíz y acicate, o bien tener un destino más gris de íconos históricos, quedará para siempre, para quienes quieran retomarlo, su ejemplo de editor – militante que convirtió las revistas y los libros en trincheras, que supo desarrollar una praxis contrapuesta a la lógica mercantil, la alienación y la succión de plusvalía ideológica. Una praxis que ya han retomado cientos de emprendimientos editoriales autogestionarios que se conciben como partes de construcciones sociales y políticas integrales y que reivindican horizontes de transformación radical de la sociedad. En esos fuegos, como ceniza encabritada a la espera de lo nuevo, vivirá para siempre José Luís.
A mí, además, me acompañará para siempre su mirada cálida e inapelable vislumbrada en el vértigo de alguna ginebra.
Lanús Oeste, 2 de noviembre de 2008
viernes, 24 de octubre de 2008
Cuatro paredes y un techo en Rada Tilly
Desde que el libro de Ernesto Allende fue publicado muchos me preguntaron: ¿De qué se trata “Cuatro paredes y un techo”? ¿Qué podés decirme del libro? Y, tengo que decirlo, al principio eran preguntas que realmente no me había hecho y a las que por esa razón no podía contestar uniforme ni mecánicamente. Conforme fueron repitiéndose las preguntas comencé a pensarlas y a tratar de hallar respuestas convincentes, pero no desde el punto de vista del marketing o con el ojo puesto únicamente en sus bondades o a través de la crítica literaria, sino justamente para comprenderlo y aprehenderlo en su razón de existir. El por qué de la aparición de “Cuatro paredes y un techo”. El objetivo de su aparición.
Las lecturas suelen dar respuestas cuando parece que uno no puede hallarlas en otro lado; la memoria abre puertas que hasta entonces se vislumbraban inexpugnables; los amigos nos cuentan de su vida cotidiana plagada de historias y hechos aparentemente intrascendentes; y entonces se produce en algún lugar del cerebro una extraña fusión que termina encontrando la frase, la palabra, la respuesta, esa pieza que encaja en el rompecabezas.
Escuché una conversación sobre un problema en un edificio; posibles reuniones de consorcio sobre la luz, las expensas, el gas, los ruidos del quinto “ce”, casi en las antípodas de aquellas “cuatro paredes y un techo” tan humildes. Ese edificio con cientos de paredes comunes, compartidas y un techo-piso, un piso-techo y solo un techo bien arriba, más arriba y tan pero tan lejos del barrio. Pensé entonces –y estoy convencido de que es así- que Ernesto habla en su libro del barrio que, como figura de núcleo social, está en franca extinción, aquí, allá y en todas partes. Es el barrio San Martín en el que ha desarrollado su vida y el que quiere preservar con su pluma, con su recuerdo, con las fotos que conserva grabadas en sus retinas y que le ha dejado huellas en su corazón. Eso es lo que quiere mantener vivo, para sí, para los vecinos de ayer y de hoy, para dejarles historias a los que nos prosigan. El lugar es la cuestión y lo que le ha pasado por estar en ese lugar y en ese momento histórico.
Silvina Ocampo escribió alguna vez: “Escribo para que otros amen lo que yo también amo. Escribo para no olvidarme del amor y de la amistad, de la sabiduría y del arte. Escribo para cambiar el destino, para que la vida prevalezca”.[1]
Y sin dudas Ernesto ama su barrio, el Barrio San Martín. Y las razones de escribir de la escritora Silvina Ocampo pueden trasladarse sin vergüenza alguna y con todas las letras a éste libro. Allende no quiere olvidarse ni de su amor ni de los amigos y por supuesto que desea que la vida prevalezca.
Algunos protagonistas de las historias, de los relatos de “Cuatro paredes y un techo” resultan a la primera lectura una suerte de creación, de un invento. Parecen haber sido creados para dar verosimilitud al relato, pero no. Son reales. No puede uno imaginarse la lucha entre vecinos por un caño, o los tambores de doscientos litros bajando llenos de agua una calle de tierra, o el descubrimiento de un chengke[2] con una vela encendida en su interior.
El mapudungun habita el libro como el viento a nuestra cotidianidad. Casi imperceptibles las palabras en el idioma de los mapuches están allí, como el aullido del viento que pasa reptando por debajo de la puerta.
Entonces el libro habla del Barrio San Martín pero no solamente es un libro sobre el barrio y con el barrio, sino que también es todo aquello y un poco más pero, ¿de qué?
La historia del chengke, las conversaciones con Ernesto, las charlas con amigos, y la memoria me llevaron a varias relecturas y entre ellas encuentro a Samuel Beckett que dice, como a propósito de lo que estaba buscando: “Cerraré los oídos, cerraré la boca y seré una tumba. Y cuando vuelva a abrirlos será quizás para escuchar una historia, para contar una historia, en el verdadero sentido de la palabra, de la palabra “escuchar”, la palabra “contar”, la palabra “historia”; tengo grandes esperanzas, una pequeña historia, con criaturas vivientes yendo y viniendo en una tierra habitable atestada de muertos, una historia breve, con el día y la noche yendo y viniendo sobre las palabras que queden, si es que han llegado tan lejos, y tengo grandes esperanzas, le doy mi palabra”[3].
Y Ernesto Allende en este libro abriga su gran esperanza y es por eso que escucha, cuenta, va y viene sobre esta tierra, va y viene y simple, sencilla y honestamente da su palabra.
[1] Revista La Guillotina, Nº 14, Invierno-Primavera/2008, de la Asociación de Poetas Argentinos (APOA), artículo “Silvina Ocampo, poetisa apasionada” por Axel Eduardo Díaz Maimone, Pág. 6.
[2] Chengke o chenque: enterratorio mapuche-tehuelche.
[3] Beckett Samuel, Textos para nada.
Las lecturas suelen dar respuestas cuando parece que uno no puede hallarlas en otro lado; la memoria abre puertas que hasta entonces se vislumbraban inexpugnables; los amigos nos cuentan de su vida cotidiana plagada de historias y hechos aparentemente intrascendentes; y entonces se produce en algún lugar del cerebro una extraña fusión que termina encontrando la frase, la palabra, la respuesta, esa pieza que encaja en el rompecabezas.
Escuché una conversación sobre un problema en un edificio; posibles reuniones de consorcio sobre la luz, las expensas, el gas, los ruidos del quinto “ce”, casi en las antípodas de aquellas “cuatro paredes y un techo” tan humildes. Ese edificio con cientos de paredes comunes, compartidas y un techo-piso, un piso-techo y solo un techo bien arriba, más arriba y tan pero tan lejos del barrio. Pensé entonces –y estoy convencido de que es así- que Ernesto habla en su libro del barrio que, como figura de núcleo social, está en franca extinción, aquí, allá y en todas partes. Es el barrio San Martín en el que ha desarrollado su vida y el que quiere preservar con su pluma, con su recuerdo, con las fotos que conserva grabadas en sus retinas y que le ha dejado huellas en su corazón. Eso es lo que quiere mantener vivo, para sí, para los vecinos de ayer y de hoy, para dejarles historias a los que nos prosigan. El lugar es la cuestión y lo que le ha pasado por estar en ese lugar y en ese momento histórico.
Silvina Ocampo escribió alguna vez: “Escribo para que otros amen lo que yo también amo. Escribo para no olvidarme del amor y de la amistad, de la sabiduría y del arte. Escribo para cambiar el destino, para que la vida prevalezca”.[1]
Y sin dudas Ernesto ama su barrio, el Barrio San Martín. Y las razones de escribir de la escritora Silvina Ocampo pueden trasladarse sin vergüenza alguna y con todas las letras a éste libro. Allende no quiere olvidarse ni de su amor ni de los amigos y por supuesto que desea que la vida prevalezca.
Algunos protagonistas de las historias, de los relatos de “Cuatro paredes y un techo” resultan a la primera lectura una suerte de creación, de un invento. Parecen haber sido creados para dar verosimilitud al relato, pero no. Son reales. No puede uno imaginarse la lucha entre vecinos por un caño, o los tambores de doscientos litros bajando llenos de agua una calle de tierra, o el descubrimiento de un chengke[2] con una vela encendida en su interior.
El mapudungun habita el libro como el viento a nuestra cotidianidad. Casi imperceptibles las palabras en el idioma de los mapuches están allí, como el aullido del viento que pasa reptando por debajo de la puerta.
Entonces el libro habla del Barrio San Martín pero no solamente es un libro sobre el barrio y con el barrio, sino que también es todo aquello y un poco más pero, ¿de qué?
La historia del chengke, las conversaciones con Ernesto, las charlas con amigos, y la memoria me llevaron a varias relecturas y entre ellas encuentro a Samuel Beckett que dice, como a propósito de lo que estaba buscando: “Cerraré los oídos, cerraré la boca y seré una tumba. Y cuando vuelva a abrirlos será quizás para escuchar una historia, para contar una historia, en el verdadero sentido de la palabra, de la palabra “escuchar”, la palabra “contar”, la palabra “historia”; tengo grandes esperanzas, una pequeña historia, con criaturas vivientes yendo y viniendo en una tierra habitable atestada de muertos, una historia breve, con el día y la noche yendo y viniendo sobre las palabras que queden, si es que han llegado tan lejos, y tengo grandes esperanzas, le doy mi palabra”[3].
Y Ernesto Allende en este libro abriga su gran esperanza y es por eso que escucha, cuenta, va y viene sobre esta tierra, va y viene y simple, sencilla y honestamente da su palabra.
[1] Revista La Guillotina, Nº 14, Invierno-Primavera/2008, de la Asociación de Poetas Argentinos (APOA), artículo “Silvina Ocampo, poetisa apasionada” por Axel Eduardo Díaz Maimone, Pág. 6.
[2] Chengke o chenque: enterratorio mapuche-tehuelche.
[3] Beckett Samuel, Textos para nada.
domingo, 21 de septiembre de 2008
IV Ferifiesta del Libro y la Lectura en Trelew
Estuvimos presentes en la IV Ferifiesta del Libro y la Lectura en Trelew, provincia del Chubut, entre el 3 y el 7 de septiembre de 2008.
Una excelente recepción tuvimos de los libros que llevamos - todo nuestro catálogo - y la maravilla del encuentro con amigos, escritores, libreros, distribuidores, periodistas, posibilitado por la inmejorable organización de la Dirección de Cultura de la Municipalidad. Tanto Diana, como Daniela y Jaide, solo por nombrar algunas de las colaboradoras que hicieron que nuestra estadía en Trelew fuera inolvidable y por demás cómoda.

La IV Ferifiesta contó con la presencia de Claudio Ferraro que presentó tres espectáculos de narración oral; de Hugo Corrias, narrador y docente; Marta Lorente, actriz, docente y narradora; Maximiliano Borches, periodista y bibliotecario, responsable de la Biblioteca Anna Frank; Fernando Pais, periodista y escritor, autor de Agua de nadie. La historia de cómo el Salado inundó Santa Fe; Adela Basch, escritora de literatura infantil.
Fue muy importante la presencia del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) con actividades para los mas chicos pero con una novedosa forma de llevar el Museo a la gente y no esperar que la gente vaya al Museo, fueron excelentes los talleres vinculados a obras de arte de plásticos argentinos.
Y por supuesto la presencia de Ernesto Maggiori quien tenía programada la presentación de los dos libros editados por Vela al Viento, Voces de un pasado todavía presente y la tercera edición de Historias de Frontera.
Reitero lo del público que fue maravilloso, colmando nuestro stand de afecto, alegría, información, cariño, e interés en nuestras publicaciones lo que redundó en nuevas amistades, muchos proyectos de trabajo a futuro y una infinidad de momentos atesorados en el corazón, como fotos del alma hasta el año que viene en la V Ferifiesta.
Una excelente recepción tuvimos de los libros que llevamos - todo nuestro catálogo - y la maravilla del encuentro con amigos, escritores, libreros, distribuidores, periodistas, posibilitado por la inmejorable organización de la Dirección de Cultura de la Municipalidad. Tanto Diana, como Daniela y Jaide, solo por nombrar algunas de las colaboradoras que hicieron que nuestra estadía en Trelew fuera inolvidable y por demás cómoda.

La IV Ferifiesta contó con la presencia de Claudio Ferraro que presentó tres espectáculos de narración oral; de Hugo Corrias, narrador y docente; Marta Lorente, actriz, docente y narradora; Maximiliano Borches, periodista y bibliotecario, responsable de la Biblioteca Anna Frank; Fernando Pais, periodista y escritor, autor de Agua de nadie. La historia de cómo el Salado inundó Santa Fe; Adela Basch, escritora de literatura infantil.
Fue muy importante la presencia del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) con actividades para los mas chicos pero con una novedosa forma de llevar el Museo a la gente y no esperar que la gente vaya al Museo, fueron excelentes los talleres vinculados a obras de arte de plásticos argentinos.
Y por supuesto la presencia de Ernesto Maggiori quien tenía programada la presentación de los dos libros editados por Vela al Viento, Voces de un pasado todavía presente y la tercera edición de Historias de Frontera.
Reitero lo del público que fue maravilloso, colmando nuestro stand de afecto, alegría, información, cariño, e interés en nuestras publicaciones lo que redundó en nuevas amistades, muchos proyectos de trabajo a futuro y una infinidad de momentos atesorados en el corazón, como fotos del alma hasta el año que viene en la V Ferifiesta.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Emocionante presentación de "Cuatro paredes y un techo"
Una muy cálida acogida tuvo el segundo libro de Ernesto Allende, "Cuatro paredes y un techo". El auditorio de la Escuela de Arte de Comodoro estuvo completa en casi su totalidad. La gente del barrio, escritores, amigos y su familia se dieron cita allí para acompañar a Allende con su libro en una ceremonia descontracturada y donde abrí el acto con estas palabras:
"Buenas tardes. En principio agradecerles a todos la presencia esta tarde noche aquí en el Auditorio de la Escuela de Arte, para acompañar a Ernesto Allende en la presentación de su libro, “Cuatro paredes y un techo”. Mi nombre es Rubén Gómez y soy el director de Bogavante, editorial de Comodoro Rivadavia, que tuvo el orgullo y el placer de publicar este título.
Hay que decir que la Asociación de Poetas Argentinos (APOA) filial Chubut, se suma a este acto con su auspicio y el deseo de que la presentación del libro sea todo un éxito.
Tanto este libro como “Sueños y recuerdos”, el anterior poemario de Allende, llevan en el alma la historia, la vida, el latir del Barrio San Martín en cada uno de sus relatos o poemas. Es imposible separar a Ernesto de su barrio, y todo lo que ha hecho lo hizo desde y para el San Martín.
Es por eso que al pensar en la tapa del libro buscamos alguna imagen que simbolizara lo que significa el barrio para Ernesto y para mí. Ese muro de fondo nos da una idea aproximada de lo que fue y es el San Martín. Un muro construido desde abajo con piedras, distintas unas de otras, más pequeñas y más grandes, con aristas y desniveles. Un muro que los incluye a todos en la diversidad, en la diferencia, pero también en las similitudes, en la humildad, en los padecimientos. La construcción de un muro que bien podría semejarse a la construcción cotidiana de su gente, al trabajo tenaz, persistente, pese a la inferioridad de sus siempre precarias condiciones.
Así los vecinos, provenientes de lugares disímiles, con expectativas diferentes, con formas de comunicación distintas fueron construyendo el barrio, generando su propia fortaleza a partir de las carencias y postergaciones que los unieron como la mezcla entre las piedras. Las luchas sociales para el beneficio de todos les fuer
on dando firmeza y posibilidades de crecimiento.
Cuenta Ernesto que en el principio el San Martín era un valle de dunas, que imagino móviles y sin dar siempre la misma referencia. Cuenta Ernesto que un hombre de campo como el Tuerto Miroglio decidió establecerse allí por el año 1956, dando el real origen al San Martín, y con su boliche de campo también el lugar de los vicios. Cuenta que los camiones de la Municipalidad los trasladaron, al entonces niño Ernesto, a su familia y a centenares de precarios ranchos, desde la puerta del Cementerio Oeste hasta lo que es hoy el barrio que ama.
Su muro de piedras disímiles está expuesto en este libro. Todas las historias escritas con su voz, sin impostaciones, sin tratar de quedar bien con unos ni otros, sin pensar en la trascendencia literaria ni en hacer un trabajo de extrema rigurosidad histórica. Ernesto no es historiador. Rescata las historias que conoce, que vivió y le contaron a través de sus vecinos, por andar en las calles del barrio.
El caserío se le hizo familia bajo la piel y como todo lo que reside muy adentro a veces duele y lastima, como el incendio de la Biblioteca el año pasado, como los recuerdos por los enfrentamientos entre vecinos, como las pérdidas de amigos y vecinos en historias de curanderas, ignorancia y desidia. Como todo lo que nos habita muy adentro también nos alimenta, nos alegra y sana, como los hijos, como los logros compartidos y las sonrisas cómplices, los buenos gestos como la canilla pública de doña Isabel en plena sed.
Ernesto invita al viaje y este libro es un mapa de fotos y recuerdos, una brújula con el norte en su corazón. Se trata de un viaje hacia el pasado que revelará, con el tiempo y en el tiempo, el futuro de su gente, las claves de la identidad de esta comunidad de vecinos.
Será este libro también, la primera piedra del próximo muro, un muro hecho de historias que rescaten a los que no se ven, a los que construyeron y los que construyen diariamente, los que latieron y los que laten, un muro que nos proteja del viento blanco del olvido.
Muchas gracias, Ernesto, por este libro."
Tras estas palabras, Allende contó historias de su barrio publicadas en el libro y escuchamos al escritor Ignacio Stankewitsch quien leyó el prólogo que él mismo escribió.
Hubo un momento para la conversación con los vecinos, recordar los padecimientos y algunas anécdotas referidas a varios relatos incluidos en "Cuatro paredes y un techo", y con emoción algunos vecinos también leyeron textos e incitaron a Allende a continuar con su tarea.
Para finalizar el encuentro, Ignacio Stankewitsch y su banda "Alto Blues", compartieron con los asistentes cuatro temas y el autor y los vecinos se reunieron en torno a una mesa en un brindis que volvió a tocar la fibra íntima, esa tan emparentada con la emoción y la alegría.
"Buenas tardes. En principio agradecerles a todos la presencia esta tarde noche aquí en el Auditorio de la Escuela de Arte, para acompañar a Ernesto Allende en la presentación de su libro, “Cuatro paredes y un techo”. Mi nombre es Rubén Gómez y soy el director de Bogavante, editorial de Comodoro Rivadavia, que tuvo el orgullo y el placer de publicar este título.
Hay que decir que la Asociación de Poetas Argentinos (APOA) filial Chubut, se suma a este acto con su auspicio y el deseo de que la presentación del libro sea todo un éxito.
Tanto este libro como “Sueños y recuerdos”, el anterior poemario de Allende, llevan en el alma la historia, la vida, el latir del Barrio San Martín en cada uno de sus relatos o poemas. Es imposible separar a Ernesto de su barrio, y todo lo que ha hecho lo hizo desde y para el San Martín.
Es por eso que al pensar en la tapa del libro buscamos alguna imagen que simbolizara lo que significa el barrio para Ernesto y para mí. Ese muro de fondo nos da una idea aproximada de lo que fue y es el San Martín. Un muro construido desde abajo con piedras, distintas unas de otras, más pequeñas y más grandes, con aristas y desniveles. Un muro que los incluye a todos en la diversidad, en la diferencia, pero también en las similitudes, en la humildad, en los padecimientos. La construcción de un muro que bien podría semejarse a la construcción cotidiana de su gente, al trabajo tenaz, persistente, pese a la inferioridad de sus siempre precarias condiciones.
Así los vecinos, provenientes de lugares disímiles, con expectativas diferentes, con formas de comunicación distintas fueron construyendo el barrio, generando su propia fortaleza a partir de las carencias y postergaciones que los unieron como la mezcla entre las piedras. Las luchas sociales para el beneficio de todos les fuer
on dando firmeza y posibilidades de crecimiento.Cuenta Ernesto que en el principio el San Martín era un valle de dunas, que imagino móviles y sin dar siempre la misma referencia. Cuenta Ernesto que un hombre de campo como el Tuerto Miroglio decidió establecerse allí por el año 1956, dando el real origen al San Martín, y con su boliche de campo también el lugar de los vicios. Cuenta que los camiones de la Municipalidad los trasladaron, al entonces niño Ernesto, a su familia y a centenares de precarios ranchos, desde la puerta del Cementerio Oeste hasta lo que es hoy el barrio que ama.
Su muro de piedras disímiles está expuesto en este libro. Todas las historias escritas con su voz, sin impostaciones, sin tratar de quedar bien con unos ni otros, sin pensar en la trascendencia literaria ni en hacer un trabajo de extrema rigurosidad histórica. Ernesto no es historiador. Rescata las historias que conoce, que vivió y le contaron a través de sus vecinos, por andar en las calles del barrio.
El caserío se le hizo familia bajo la piel y como todo lo que reside muy adentro a veces duele y lastima, como el incendio de la Biblioteca el año pasado, como los recuerdos por los enfrentamientos entre vecinos, como las pérdidas de amigos y vecinos en historias de curanderas, ignorancia y desidia. Como todo lo que nos habita muy adentro también nos alimenta, nos alegra y sana, como los hijos, como los logros compartidos y las sonrisas cómplices, los buenos gestos como la canilla pública de doña Isabel en plena sed.
Ernesto invita al viaje y este libro es un mapa de fotos y recuerdos, una brújula con el norte en su corazón. Se trata de un viaje hacia el pasado que revelará, con el tiempo y en el tiempo, el futuro de su gente, las claves de la identidad de esta comunidad de vecinos.
Será este libro también, la primera piedra del próximo muro, un muro hecho de historias que rescaten a los que no se ven, a los que construyeron y los que construyen diariamente, los que latieron y los que laten, un muro que nos proteja del viento blanco del olvido.
Muchas gracias, Ernesto, por este libro."
Tras estas palabras, Allende contó historias de su barrio publicadas en el libro y escuchamos al escritor Ignacio Stankewitsch quien leyó el prólogo que él mismo escribió.
Hubo un momento para la conversación con los vecinos, recordar los padecimientos y algunas anécdotas referidas a varios relatos incluidos en "Cuatro paredes y un techo", y con emoción algunos vecinos también leyeron textos e incitaron a Allende a continuar con su tarea.
Para finalizar el encuentro, Ignacio Stankewitsch y su banda "Alto Blues", compartieron con los asistentes cuatro temas y el autor y los vecinos se reunieron en torno a una mesa en un brindis que volvió a tocar la fibra íntima, esa tan emparentada con la emoción y la alegría.
viernes, 5 de septiembre de 2008
TRAS LA HUELLAS DEL ROCINANTE DE ORO DE MERCI SAENZ
-Ensayo-
Por: Abraham Méndez Vargas
Filos de lata, de la escritora argentina Mercedes Sáenz, es una colección de cuentos breves y algunos no tan cortos de un decir singular donde la primera frase de los más poéticos cuentos presenta una técnica absolutamente nueva dentro del ámbito de la narrativa latinoamericana, y es que acto seguido se acompaña de la conjunción “y” sin que ello constituya una frase nueva o un periodo, sino a la manera con que un poeta hilvana las estrofa de un poema absoluto; igual cuando la primera frase sigue en punto y seguido; luego, en el segundo o tercer párrafo, por demás de una ternura inusitada, se produce el giro circular con la frase que inicia el cuento y así la narración del hecho que tiene indudable importancia va alargando y alzando vuelo como una cometa según la intensidad del viento y el entusiasma de la mano que domina el escenario más con la emoción pura de una niña que interroga el mundo con sus ojos inocentes, aunque ya es una mujer muy adulta y razonadora, dueña de un hogar ejemplar con un buen esposo y tres excelentes hijos.
Los cuentos breves contenidos en Filos de lata nos dan la sensación incontestable de una verdad sentida con dulzura y, a veces, con una fina ironía frente a lo que pudo haber sido lágrimas negras, mientas leemos sus breves cuentos, de un mundo donde las personas saben perder sus nombres para entrar en escenas como símbolo de un pueblo, aunque los nombres de lugares, calles y cosas son auténticos dentro del entorno geográfico en que se desarrollan; es como las ondas maravillas de un río de oro que pasa bajo el puente de antaño, convirtiendo a Mercedes Sáenz en una de las mejores narradoras latinoamericanas que de estos tiempos he leído, tanto en portales digitales como en libros impresos.
No se podía caminar sobre los rieles de la infancia si no se estaba vacunado contra el tétano, pero en los rieles interiores de Filos de lata podemos transitar sin necesidad de vacuna, porque aquí estos filos no están hecho del metal mohoso del hierro con tornillos por donde pasa el tren, sino con la amorosa pureza de una niña que expresa la poesía que la sorprende a cada instante, y aquellos hechos que ella narra son filos estos latas que ella eterniza, y ahora vuelven a la vida de todos, como era justo que sucediese; pues, en Filos de alta hay muchas voces y cantan a la vida, en pequeños relatos que, aunque independiente en su factura creativa unos de otros, pueden decirse que Filos de lata puede leerse como novela, pues hay un hilo conductor que los interconecta.
También son poemas en prosa, no poemas en prosa al estilo modernista como siempre sucede en muchos escritores latinoamericanos, sino poemas en prosa totalmente vanguardistas, salvados por el automatismo psíquico que los domina y que los hace muy del siglo xxi; surrealistas por antonomasia; porque son el producto de una hermosa regresión a la infancia con imágenes nuevas, sin la contaminación que la conciencia adulta pudiera imprimirle, no obstante la excelente razonabilidad que los domina en términos lógicos.
Filos de lata es el título general del libro de cuentos, que sin embargo, a partir de la página 20, está subtitulado de la siguiente manera: No potrillo pampa, desde la pagina 22 a la 44, contiene los siguientes títulos: Te cambio la figura, ¿querés?, con tres capítulos y es en si una noveleta, (p. 23-31); No potrillo pampa (p. 32-34); La silla (p. 35-36); La dignidad de las colinas (p. 37-38); Si viera Usté… (p. 39-40); Arcabuceros (p. 4), Pequeños escapularios (p. 43-44). Las señalase de la memoria van de la pagina 45 a la 60, y contiene los siguientes cuentos: Las señales de la memoria (p. 47-48); Catalogo (p.49-50); Mensajes de madera (51-52); El que juntaba vidrios (53-54); Como por agua (p. 55-56); El puente (p. 57); El periscopio (p. 58-59); Es la hora (60).Sigue Siete ojos en su luna en la pagina 61, con los siguientes títulos de cuentos bien logrados: Siete ojos en su luna (p. 63-64); Los ojos que tiene Diana (p. 65-66); Café con leche (67-68); Lágrimas negras (p. 69). Esa mujer no, pagina 71, nos trae los siguientes cuentos: No Paulina (p. 73-74; Miércoles a qué la tarde (p. 75-78); Ella creía que había sido (79-80); Clarisa (81-83); Adoquines (p. 84-85), El Barón y la manzana (86-91); Tararia (p. 92-93); Nadie hasta mañana (p. 94-96); La tortuga escocesa (p. 97-99).En Ese chabón escupiendo conejitos, apartado que va de la pagina 101 a la 119, leemos los cuentos que siguen: Cascarrabias (p. 103-104); Ese chabón escupiendo conejitos (p. 105-106); Decir, decir (p. 107); Frágil (p. 108-109); Luces (p. 111); El señor de las nueve (p. 113)115); Dos por dos, uno más uno (p 116-117); Un día por casa (p. 118-119). En fin, el último manojo se encuentra desde la pagina 121 hasta 143, luego el Índice de la 145-146, aparece bajo el título Calles de cuadros y leemos los siguientes cuentos: Calles de cuadros (p. 131-132); Tabique (p. 133-135); Silbido (p. 136-137); Silencio absoluto (p. 138-139); Masi (p. 140-141), y Decir cómo, decir qué (p.142-143). Sin embargo, todo ello es desde la pagina 22 a la 143, pues aunque de la 13 a la 19 el primer apartado tiene dos cuentos, el primero titulado Carta de una mujer imaginera a un amigo imaginario (p. 1318), y De todas las del mundo (A Papá, p. 19); hemos podido constatar que Filos de lata, que da al libro el bien logrado título, aparece más adelante, por lo que asumo que el primer apartado es realmente Filos de lata, por lo que termino este ensayo analizando estos dos últimos textos que son, por ciertos, lo que más me han impactado al encararme a este libro de por sí maravilla a quienes hemos tenido la dicha de leerlos a tiempo completo.
Tal como he podido comprobar, Filos de lata es un libro hermoso, muy bien escrito y las situaciones que presenta son absolutamente significativas y esencialmente muy humanas, aunque sin el dramatismo fatal de los pueblos tropicales.
Por: Abraham Méndez Vargas
Filos de lata, de la escritora argentina Mercedes Sáenz, es una colección de cuentos breves y algunos no tan cortos de un decir singular donde la primera frase de los más poéticos cuentos presenta una técnica absolutamente nueva dentro del ámbito de la narrativa latinoamericana, y es que acto seguido se acompaña de la conjunción “y” sin que ello constituya una frase nueva o un periodo, sino a la manera con que un poeta hilvana las estrofa de un poema absoluto; igual cuando la primera frase sigue en punto y seguido; luego, en el segundo o tercer párrafo, por demás de una ternura inusitada, se produce el giro circular con la frase que inicia el cuento y así la narración del hecho que tiene indudable importancia va alargando y alzando vuelo como una cometa según la intensidad del viento y el entusiasma de la mano que domina el escenario más con la emoción pura de una niña que interroga el mundo con sus ojos inocentes, aunque ya es una mujer muy adulta y razonadora, dueña de un hogar ejemplar con un buen esposo y tres excelentes hijos.
Los cuentos breves contenidos en Filos de lata nos dan la sensación incontestable de una verdad sentida con dulzura y, a veces, con una fina ironía frente a lo que pudo haber sido lágrimas negras, mientas leemos sus breves cuentos, de un mundo donde las personas saben perder sus nombres para entrar en escenas como símbolo de un pueblo, aunque los nombres de lugares, calles y cosas son auténticos dentro del entorno geográfico en que se desarrollan; es como las ondas maravillas de un río de oro que pasa bajo el puente de antaño, convirtiendo a Mercedes Sáenz en una de las mejores narradoras latinoamericanas que de estos tiempos he leído, tanto en portales digitales como en libros impresos.
No se podía caminar sobre los rieles de la infancia si no se estaba vacunado contra el tétano, pero en los rieles interiores de Filos de lata podemos transitar sin necesidad de vacuna, porque aquí estos filos no están hecho del metal mohoso del hierro con tornillos por donde pasa el tren, sino con la amorosa pureza de una niña que expresa la poesía que la sorprende a cada instante, y aquellos hechos que ella narra son filos estos latas que ella eterniza, y ahora vuelven a la vida de todos, como era justo que sucediese; pues, en Filos de alta hay muchas voces y cantan a la vida, en pequeños relatos que, aunque independiente en su factura creativa unos de otros, pueden decirse que Filos de lata puede leerse como novela, pues hay un hilo conductor que los interconecta.
También son poemas en prosa, no poemas en prosa al estilo modernista como siempre sucede en muchos escritores latinoamericanos, sino poemas en prosa totalmente vanguardistas, salvados por el automatismo psíquico que los domina y que los hace muy del siglo xxi; surrealistas por antonomasia; porque son el producto de una hermosa regresión a la infancia con imágenes nuevas, sin la contaminación que la conciencia adulta pudiera imprimirle, no obstante la excelente razonabilidad que los domina en términos lógicos.
Filos de lata es el título general del libro de cuentos, que sin embargo, a partir de la página 20, está subtitulado de la siguiente manera: No potrillo pampa, desde la pagina 22 a la 44, contiene los siguientes títulos: Te cambio la figura, ¿querés?, con tres capítulos y es en si una noveleta, (p. 23-31); No potrillo pampa (p. 32-34); La silla (p. 35-36); La dignidad de las colinas (p. 37-38); Si viera Usté… (p. 39-40); Arcabuceros (p. 4), Pequeños escapularios (p. 43-44). Las señalase de la memoria van de la pagina 45 a la 60, y contiene los siguientes cuentos: Las señales de la memoria (p. 47-48); Catalogo (p.49-50); Mensajes de madera (51-52); El que juntaba vidrios (53-54); Como por agua (p. 55-56); El puente (p. 57); El periscopio (p. 58-59); Es la hora (60).Sigue Siete ojos en su luna en la pagina 61, con los siguientes títulos de cuentos bien logrados: Siete ojos en su luna (p. 63-64); Los ojos que tiene Diana (p. 65-66); Café con leche (67-68); Lágrimas negras (p. 69). Esa mujer no, pagina 71, nos trae los siguientes cuentos: No Paulina (p. 73-74; Miércoles a qué la tarde (p. 75-78); Ella creía que había sido (79-80); Clarisa (81-83); Adoquines (p. 84-85), El Barón y la manzana (86-91); Tararia (p. 92-93); Nadie hasta mañana (p. 94-96); La tortuga escocesa (p. 97-99).En Ese chabón escupiendo conejitos, apartado que va de la pagina 101 a la 119, leemos los cuentos que siguen: Cascarrabias (p. 103-104); Ese chabón escupiendo conejitos (p. 105-106); Decir, decir (p. 107); Frágil (p. 108-109); Luces (p. 111); El señor de las nueve (p. 113)115); Dos por dos, uno más uno (p 116-117); Un día por casa (p. 118-119). En fin, el último manojo se encuentra desde la pagina 121 hasta 143, luego el Índice de la 145-146, aparece bajo el título Calles de cuadros y leemos los siguientes cuentos: Calles de cuadros (p. 131-132); Tabique (p. 133-135); Silbido (p. 136-137); Silencio absoluto (p. 138-139); Masi (p. 140-141), y Decir cómo, decir qué (p.142-143). Sin embargo, todo ello es desde la pagina 22 a la 143, pues aunque de la 13 a la 19 el primer apartado tiene dos cuentos, el primero titulado Carta de una mujer imaginera a un amigo imaginario (p. 1318), y De todas las del mundo (A Papá, p. 19); hemos podido constatar que Filos de lata, que da al libro el bien logrado título, aparece más adelante, por lo que asumo que el primer apartado es realmente Filos de lata, por lo que termino este ensayo analizando estos dos últimos textos que son, por ciertos, lo que más me han impactado al encararme a este libro de por sí maravilla a quienes hemos tenido la dicha de leerlos a tiempo completo.
Tal como he podido comprobar, Filos de lata es un libro hermoso, muy bien escrito y las situaciones que presenta son absolutamente significativas y esencialmente muy humanas, aunque sin el dramatismo fatal de los pueblos tropicales.
jueves, 28 de agosto de 2008
Emotiva Presentación del libro "Apenas una línea, roja"
Muy emotiva, cálida y feliz fue la presentación del libro "Apenas una línea, roja" de Isabel Krisch. Abrigada por su familia, sus amigos, sus colegas y el público que se acercó a la convocatoria, Isabel agradeció a todos los que contribuyeron para que el libro ya tenga vida propia, escuchó atentamente a los poetas Emilse Strucchi y Augusto Casola que se refirieron a su obra y su trayectoria, a la poeta Ana Guillot que -fuera de programa- también fue invitada a hablar del libro y por supuesto de Isabel, leyó sus poemas no sin emoción y alegría a la vez, y volvió a escuchar a sus hijas Victoria y Clara Canzani que entonaron las canciones "Barro tal vez", "Era en abril", "La cigarra" y un tema compuesto por ellas a partir de los versos de Isabel...
Fantástico cierre de la noche.
En esa noche emotiva y feliz, el director de Vela al Viento abrió la celebración con estas palabras:
"Buenas noches. En principio agradecerles a todos la presencia esta noche aquí en el Café Montserrat para acompañar a Isabel Krisch en la presentación de su libro, Apenas una línea, roja. Mi nombre es Rubén Gómez y soy el director de Vela al Viento, editorial de Comodoro Rivadavia, en la Patagonia Argentina, que tuvo el orgullo y el placer de publicar este título.
Cuando Isabel decidió editar el libro con Vela al Viento le hice saber que era para mí un orgullo que lo hiciera, no solamente por su trayectoria que es importante y que hay que refrendar y sostener cotidianamente, sino por su poesía, por la calidad de ella y su voz de particular estilo.
Cuando supe el título del poemario y sin haber leído aún su interior tuve una primera imagen, como esas que son las que suelen venir a la mente cuando alguna frase que se escucha por ahí, algún verso de bella alquimia o alguna misteriosa canción que uno vuelve a escuchar después de un tiempo y que lo traslada a otro lugar, en un viaje instantáneo hacia atrás, un salto hacia ayer.
Cierta vez una muy oscura noche me había llevado a la costanera de Río Grande, en Tierra del Fuego. El cielo parecía derramado y desvestido sobre el mar y ninguno de los dos, ni el cielo ni el mar podían descubrirse en ese negro tan patagónico, porque no había estrellas, ni reflejos o movimiento alguno que permitiera establecer el límite entre uno y otro. Hasta el viento parecía estar sentado al lado mío, en silencio y mirando. Todo era mar o todo era cielo. Hasta que sucedió: Rojo, muy rojo el sol empezó a escribir un nuevo día pero era tan cerrada esa noche, estaban cielo y mar tan pero tan juntos y tan oscuros que el sol solo se vio en el horizonte, pintando apenas una línea, roja y después subirse en naranjas y amarillos a las nubes que poco a poco tornaron sus negros al gris.
Quizás sea una ilusión óptica o la idea de que uno está en el fin del mapa, pero lo cierto es que en aquellas latitudes el horizonte parece estar más cerca, más a la mano. Pareciera que uno podría ir caminando hasta él.
Al leer el libro una y otra vez, tuve la sensación de que estaba frente a aquel paisaje dividido en las tres partes: cielo, mar y horizonte, aún en cada una de sus partes y en cada poema. Partes que, sin duda, son un mismo paisaje, una foto de ese momento de la vida de Isabel, Isabel en el cuerpo, Isabel en lo que más se quiere, Isabel en la dignidad.
En la gacetilla que enviamos por mail cité al poeta Raúl Gustavo Aguirre que escribió alguna vez: "La poesía actual representa y resume esa aventura, esa tragedia que consiste en buscar una respuesta satisfactoria, de fondo, una evidencia, un signo, una señal que coloquen al hombre de nuevo ante su humanidad. (…) Jamás fue tan urgente su necesidad de asir la existencia, de atrapar un rostro, una imagen, un destello del cosmos, la huella de un dios, el gesto de una esperanza."[1]
Con este texto es posible introducir el libro de Isabel Victoria Krisch, resumir con ellas su ars poetica y aprehender su estructura y contenido. Urge esa necesidad y con esa avidez de captura, Apenas una línea, roja, enhebra todos los puntos en una suerte de telaraña, en una red dispuesta para que la poesía no pueda escapar sino en aquellos espacios de fuga que también forman parte de esa telaraña, esa red.
No es posible salir indemne de este libro de poemas. No. Es imposible no teñirse de rojo. No es Apenas ni a penas. Es una sublime línea, íntegra, compacta, como una flecha en manos de una arquera experta. No es Apenas una flecha. Una flecha roja.
Se siente el peso inmediatamente.
Dice Isabel: es demasiado // algo sustancial / en el cuerpo se rompe.
Y es en el cuerpo donde comienza a sentirse lo que se quiebra y se teje, lo roto y lo asido, la red y la trampa.
También en lo que más se quiere, claro, en el espejo inmediato que nos devuelve lo que somos, todo eso que somos y que queremos de nosotros cuando queremos a otros.
Y por supuesto que en la dignidad, en las señales que los ciegos del reloj no ven, en los gritos desesperados que los sordos del ringtone no oyen, y alerta Isabel, sobre la huella de un dios y el gesto de una esperanza.
Todos hemos sido escritos. Nacemos como un papel de arroz y todos los días, algún sol, otra estrella, una lapicera, una navaja, una caricia, un corte, otra sonrisa, una lágrima, aquella voz, ese llamado, este abrazo, nuestras muertes chiquitas y nuestras pequeñas plenitudes se escriben como un nuevo signo, una letra, una palabra, hasta un verso.
Todos hemos sido escritos con la misma tinta. Apenas una línea, roja.
Muchas gracias, Isabel, por este libro y tu poesía."
Fantástico cierre de la noche.
En esa noche emotiva y feliz, el director de Vela al Viento abrió la celebración con estas palabras:
"Buenas noches. En principio agradecerles a todos la presencia esta noche aquí en el Café Montserrat para acompañar a Isabel Krisch en la presentación de su libro, Apenas una línea, roja. Mi nombre es Rubén Gómez y soy el director de Vela al Viento, editorial de Comodoro Rivadavia, en la Patagonia Argentina, que tuvo el orgullo y el placer de publicar este título.
Cuando Isabel decidió editar el libro con Vela al Viento le hice saber que era para mí un orgullo que lo hiciera, no solamente por su trayectoria que es importante y que hay que refrendar y sostener cotidianamente, sino por su poesía, por la calidad de ella y su voz de particular estilo.
Cuando supe el título del poemario y sin haber leído aún su interior tuve una primera imagen, como esas que son las que suelen venir a la mente cuando alguna frase que se escucha por ahí, algún verso de bella alquimia o alguna misteriosa canción que uno vuelve a escuchar después de un tiempo y que lo traslada a otro lugar, en un viaje instantáneo hacia atrás, un salto hacia ayer.
Cierta vez una muy oscura noche me había llevado a la costanera de Río Grande, en Tierra del Fuego. El cielo parecía derramado y desvestido sobre el mar y ninguno de los dos, ni el cielo ni el mar podían descubrirse en ese negro tan patagónico, porque no había estrellas, ni reflejos o movimiento alguno que permitiera establecer el límite entre uno y otro. Hasta el viento parecía estar sentado al lado mío, en silencio y mirando. Todo era mar o todo era cielo. Hasta que sucedió: Rojo, muy rojo el sol empezó a escribir un nuevo día pero era tan cerrada esa noche, estaban cielo y mar tan pero tan juntos y tan oscuros que el sol solo se vio en el horizonte, pintando apenas una línea, roja y después subirse en naranjas y amarillos a las nubes que poco a poco tornaron sus negros al gris.
Quizás sea una ilusión óptica o la idea de que uno está en el fin del mapa, pero lo cierto es que en aquellas latitudes el horizonte parece estar más cerca, más a la mano. Pareciera que uno podría ir caminando hasta él.
Al leer el libro una y otra vez, tuve la sensación de que estaba frente a aquel paisaje dividido en las tres partes: cielo, mar y horizonte, aún en cada una de sus partes y en cada poema. Partes que, sin duda, son un mismo paisaje, una foto de ese momento de la vida de Isabel, Isabel en el cuerpo, Isabel en lo que más se quiere, Isabel en la dignidad.
En la gacetilla que enviamos por mail cité al poeta Raúl Gustavo Aguirre que escribió alguna vez: "La poesía actual representa y resume esa aventura, esa tragedia que consiste en buscar una respuesta satisfactoria, de fondo, una evidencia, un signo, una señal que coloquen al hombre de nuevo ante su humanidad. (…) Jamás fue tan urgente su necesidad de asir la existencia, de atrapar un rostro, una imagen, un destello del cosmos, la huella de un dios, el gesto de una esperanza."[1]
Con este texto es posible introducir el libro de Isabel Victoria Krisch, resumir con ellas su ars poetica y aprehender su estructura y contenido. Urge esa necesidad y con esa avidez de captura, Apenas una línea, roja, enhebra todos los puntos en una suerte de telaraña, en una red dispuesta para que la poesía no pueda escapar sino en aquellos espacios de fuga que también forman parte de esa telaraña, esa red.
No es posible salir indemne de este libro de poemas. No. Es imposible no teñirse de rojo. No es Apenas ni a penas. Es una sublime línea, íntegra, compacta, como una flecha en manos de una arquera experta. No es Apenas una flecha. Una flecha roja.
Se siente el peso inmediatamente.
Dice Isabel: es demasiado // algo sustancial / en el cuerpo se rompe.
Y es en el cuerpo donde comienza a sentirse lo que se quiebra y se teje, lo roto y lo asido, la red y la trampa.
También en lo que más se quiere, claro, en el espejo inmediato que nos devuelve lo que somos, todo eso que somos y que queremos de nosotros cuando queremos a otros.
Y por supuesto que en la dignidad, en las señales que los ciegos del reloj no ven, en los gritos desesperados que los sordos del ringtone no oyen, y alerta Isabel, sobre la huella de un dios y el gesto de una esperanza.
Todos hemos sido escritos. Nacemos como un papel de arroz y todos los días, algún sol, otra estrella, una lapicera, una navaja, una caricia, un corte, otra sonrisa, una lágrima, aquella voz, ese llamado, este abrazo, nuestras muertes chiquitas y nuestras pequeñas plenitudes se escriben como un nuevo signo, una letra, una palabra, hasta un verso.
Todos hemos sido escritos con la misma tinta. Apenas una línea, roja.
Muchas gracias, Isabel, por este libro y tu poesía."
martes, 12 de agosto de 2008
Apenas una línea, roja - Presentación del libro de Isabel Krisch

“La poesía actual representa y resume esa aventura, esa tragedia que consiste en buscar una satisfactoria, de fondo, una evidencia, un signo, una señal que coloquen al hombre de nuevo ante su humanidad. (…) Jamás fue tan urgente su necesidad de asir la existencia, de atrapar un rostro, una imagen, un destello del cosmos, la huella de un dios, el gesto de una esperanza.”[1]
Con este texto del poeta Raúl Gustavo Aguirre es posible introducir el libro de Isabel Victoria Krisch, resumir con ellas su ars poetica y aprehender su estructura y contenido. Urge esa necesidad y con esa avidez de captura, Apenas una línea, roja enhebra todos los puntos en una suerte de telaraña, en una red dispuesta para que la poesía no pueda escapar sino en los puntos de fuga que también forman parte de esa telaraña, esa red.
No es posible salir indemne de este libro de poemas. No. Es imposible no teñirse de rojo. No es Apenas ni a penas. Es una sublime línea, íntegra, compacta, como una flecha en manos de una arquera experta. Una flecha roja. No es Apenas una flecha.
Se siente el peso inmediatamente.
Demasiada carga lleva el asno / el asno / la carga / demasiada (…) es demasiado // algo sustancial / en el cuerpo se rompe.
Y es en el cuerpo donde comienza a sentirse lo que se quiebra y se teje, lo roto y lo asido, la red y la trampa.
Sucede que un dedo pregunta si puede morirse / ir muriendo primero despacito porque se está cansando / el pie la pierna toda la osamenta se quiere morir / ya es tiempo dice el cuerpo la cabeza no quiere / no puede – entonces – la estructura la base se despide / de a poco empieza con el dedo y el pie se despega se / desbasa se deshace descoloca desaliña se / suave levanta del suelo despacio se eleva / pausadamente levita se muere lento el pie.
Con orgullo y placer presentaremos
Apenas una línea, roja
el lunes 25 de agosto de 2008 a las 19:30 horas
en el Café Montserrat –
San José Nº 524 – Buenos Aires
Se referirán a la obra los escritores Emilce Strucchi y Augusto Casola.
Los esperamos.
el lunes 25 de agosto de 2008 a las 19:30 horas
en el Café Montserrat –
San José Nº 524 – Buenos Aires
Se referirán a la obra los escritores Emilce Strucchi y Augusto Casola.
Los esperamos.
[1] Raúl Gustavo Aguirre, Epílogo en Las poéticas del siglo XX, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1983.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
